Cuando por primera vez me propuse realmente ir a África de voluntaria sabía que iba a vivir una experiencia inolvidable pero nunca imaginé la maravillosa y reconfortante experiencia que me esperaba.

El primer día que llegué a Dembanje detrás de nuestro coche corrían una multitud de niños llenos de ilusión y con una gran sonrisa por ver a los nuevos voluntarios.

Los mayores nos esperaban con los brazos abiertos y con mucha amabilidad en la que se convirtió en nuestro hogar durante un mes.

Junto a ellos vivimos intensos momentos. Compartimos su día a día, sus costumbres, sus ilusiones, sus problemas y preocupaciones.

Vivimos en primera persona sus necesidades, aquellas que en el llamado “primer mundo” jamás llegaríamos a concebir.

¿Cómo podemos vivir tranquilos sabiendo que todavía hay gente que muere de hambre? ¿Cómo podemos dormir tranquilos sabiendo que hay gente que muere por enfermedades cuyo tratamiento en ocasiones no supera los 2 euros?

Cuando viajas a Dembanje miles de sentimientos se amontonan, sentimientos que se terminan de aclarar a la vuelta de tan maravillosa experiencia.

Hay gente que dice que una persona no cambia el mundo y quizás tengan razón pero lo que sí he podido comprobar de primera mano es que una persona SI que puede cambiar la realidad de mucha gente que lo necesita. Para mí no ha habido nada más reconfortante en mi vida que saber que mucha gente hoy en Dembanje y sus alrededores viven gracias a nuestra atención sanitaria.

Creo que eso se puede llamar “comenzar a cambiar el mundo”.

Sin duda volveré en breve para poder compartir nuevas experiencias junto a mis amigos de Dembanje y junto aquellos voluntarios que hicieron tan GRANDES cosas por solo una sonrisa de ellos.

Os animo a que echéis una “mirada al mundo”.