Compartir en redes sociales

Adrián tenía sólo 6 años cuando su madre le contó que su amiga iba a viajar a una aldea muy lejana de África y que su intención era construir una escuela y comprar zapatillas a todos los niños del poblado para vestir sus pies descalzos.
Y se le ocurrió que él también podía hacer algo. Sin decir nada a nadie, porque era su secreto, fue metiendo cada domingo el euro que le daban para chuches en un sobre. Cada semana le hacia a su madre la misma presunta:

  • ¿Cuánto queda para que se marche a África Susana?
  • Dos meses Adrián, le contestaba su madre
  • ¿Cuánto queda mamá?
  • Aún queda mucho
  • ¿Cuánto queda?
A su mamá le sorprendía su interés, aunque claro, un viaje a África le debía resultar toda una aventura.
Y por fin llegó el día, Adrián cambio sus monedas por billetes y quiso llevarle el sobre a Susana. Era el sobre más precioso del mundo, en el que ponía:

“para los niños de África”
También metió un bonito dibujo para que se lo diese a algún niño del poblado.
Ese niño fue Miguel, el niño con la cara más triste de la aldea. En su cara apareció una gran sonrisa cuando se lo dieron porque pensó con asombro que un niño de un país muy lejano se había acordado de él y corrió a pintar otro dibujo con el que agradecer tan fantástico regalo.
Desde entonces, cada vez que alguien va o viene de Gambasse (Guinea Bissau), se intercambian cartas, fotos y dibujos. En uno de los viajes, Adrián le mando un balón de fútbol y Miguel se siente el niño más afortunado del mundo.
Hoy ya tienen 10 años y cuando Adrián crezca un poco más y su miedo a las vacunas vaya desapareciendo, hará su mochila y viajará a la aldea para poder jugar un partido de futbol con su amigo Miguel en ese rincón de África que ha visto tantas veces en fotos.


Compartir en redes sociales