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Esta semana, aprovechando la estancia de un voluntario de Silo en Gambasse, Adrián ha recibido una llamada muy especial…
El teléfono sonó y con palabras entrecortadas y nerviosas, alguien preguntó por Adrián.
¿Adrián? ¿Eres tú?
Sí, sí ¿Quién es?
¿Adrián?
Sí soy yo ¿Quién es?
Hola ¿Cómo estás? Soy Miguel de Gambasse.
Adrián se sonrojó, se le abrieron unos ojos tremendos y no podía dejar de sonreír.
¿Adrián? ¿Estás ahí?
Sí y tú ¿Cómo estás?
Muy bien ¿Y tú?
Muy bien ¿Te gustó mi regalo?
Sí, sí, gracias y ¿Qué tal Susana? ¿Dónde está?
En su casa y tú ¿Qué tal estás?
(Supongo que Miguel, como sabe que vivimos cerca imaginó que Adrián podría llamarme con un grito y podría saludarme a mí también, pero claro, esto no es la aldea, aquí nos separan paredes, calles y pisos).
Bien, gracias y… ¿Cómo estás?
Muy bien ¿Y tú?
Silencios, risas…
Adiós Miguel.
¡Adrián! Adiós Adrián…
Bueno, la conversación no dio para mucho más, el idioma lo complicó un poco y la emoción y la vergüenza aún más. Pero sirvió para llenar con una enorme sonrisa el corazón de estos dos niños que desde ese momento se han acercado un poquito más, escuchando por primera la voz de su amigo en la distancia.

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