Compartir en redes sociales

Por la tarde fuimos a conocer a Patrick Pio, un chico de 22 años que está postrado en una cama debido a una artritis severa. Su rostro aparenta 55 años, pero es tal la fe que tiene y su manera de aceptar la enfermedad que te enseña una lección de coraje, fuerza y entereza que no podré olvidar.
Sus palabras, cuando me senté a su lado y le acaricié sus manos, fueron «!Que gran alegría que hayas venido a verme! ¡Gracias! Me haces tan feliz» y sus ojos reflejaban una felicidad infinita.
Nos decía que ofrecía su vida a quien venía a visitarle y así Dios le ayudaba a no sufrir tanto con su enfermedad. 22 años y su vida tan sólo le traerá dolor y lucha. Cuanto tenemos que aprender, cuanto nos dan y que poco nos merecemos.
Al anochecer nos fuimos a ver el hospital del que se hacen cargo los Hermanos Combonianos en particular el hermano Eliot. Estaba repleto, no cabía nadie más, era como un hormiguero con un montón de personas en cada esquina y otras tantas que iban y venían.
Nos enseñó su gran logro; una incubadora en un hospital de África, donde ese bebé con pocas semanas ya nació luchando por vivir y seguramente morirá sin abandonar nunca esa lucha.
Estuvimos viendo la sección de pediatría, a los enfermos de malaria, la sala de inválidos… Conocimos a una mujer que se había quedado tetrapléjica con sólo 22 años y cuatro hijos. Se había caído de un mango. Los mangos son muy peligrosos, sus ramas son muy frágiles y la gente se sube a ellos para coger sus frutos y poder comer. A esa mujer no le faltaba en ningún momento la sonrisa, sobre todo cuando miraba a su bebé cuando le daba pecho postrada en la cama… Tal vez sonreía porque aún no sabía que nunca podría levantarse de esa cama.
Un abuelito me pedía por favor que le acariciase su espalda, tenía mucho dolor por estar siempre acostado y le acaricié su rugosa espalda. Se sintió aliviado y me besaba las manos para darme las gracias.
Fuimos a ver a los niños que padecían cáncer. Esta enfermedad en África (como no) se muestra más dura y cruel que en ningún lugar, mezclado con la malaria y otras patologías salen unas heridas externas, unos ganglios inmensos y el dolor inunda los rostros de esas personas sin esperanza.
Había una niña Tessi que tenía la mirada perdida. Una sonda se conectaba a su minúsculo bracito. Le dí un caramelo y sus ojos un poco desviados por su enfermedad, se iluminaron. Ese rostro apagado hasta ese momento, lo iluminó la mayor de sus sonrisas. Aquello me parecía un milagro… Su madre me miraba sonriendo, dándome las gracias y Tessi me seguía con sus ojos. Cuando me alejé no dejaba de decirme adiós con su pequeña manita.
A los 3 días volví a visitarla. Estaba dormida, la empecé a acariciar muy suave y con la poca fuerza que le quedaba abrió sus ojitos, en cuanto me vio, abrió sus dos ojazos y me sonrió. Le di otro caramelo y os puedo asegurar que sólo por ver aquella felicidad en su rostro en vez de un gesto de dolor, estaría todos los días allí, llevándole un caramelo…

Compartir en redes sociales