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Esta noche, ya de vuelta de la cooperativa donde fuimos a comprar artesanía para vender en España y así conseguir el dinero para ayudar a estos niños, me pase como todos los días por la casa de Helen.
Mi querida Helen que tiene 40 años y lleva 10 en una silla de ruedas porque los rebeldes le partieron la espalda. En esa casa vive ella con sus 5 hijos, el mayor, Geofrey tiene 16 años, luego Aloyo que tiene 11 anos y se quemó gravemente cuando los rebeldes entraron en la aldea y la incendiaron. Su siguiente hijo tiene 9 años y se pasa la mitad del día sumido en una gran tristeza, acurrucado y escondido en una esquina chupándose el dedo, con una expresión en su cara de terror. Su mamá nos dice que los rebeldes fueron muy crueles en su aldea. Me encantaría hablar su idioma e intentar calmar sus miedos… Le acaricio y me siento tan tan impotente que lloro de rabia, porque sé que no puedo aliviar ese temor que le acosa en cada momento, cuando consigo una sonrisa suya soy la mujer más feliz de esta tierra.
Helen también tiene 2 niñas: Cyntihia de 4 años y su hermana de 9.
Además de ellos, en esa casa viven otras 2 niñas de 9 y de 15 años. Una está en una silla de ruedas y la otra tetrapléjica tumbada en una camilla (es un amor, muy guapa y no deja de sonreír). También vive otro niño de 9 años (no recuerdo ahora su nombre) con su silla de ruedas y nuestro querido Philip, del que os hablé en mi anterior viaje y que debido a una malaria sus extremidades quedaron totalmente deformadas, tiene 16 años aunque su aspecto refleja unos 8 y te habla con una suavidad que enamora.
Siempre voy a la casa a desearles las buenas noches, a darles un beso y arropar a Philip (que le dejan acostado de cualquier manera). Le tapo, le coloco en su sitio y le pongo la mosquitera. Hoy fue especial, porque como no le pude ver en todo el día le llevé un caramelo. Su sonrisa cuando lo vio fue tan espectacular que me encantaría poder compartir su imagen con vosotros. Son esos momentos en tu vida donde crees de nuevo que todo cobra sentido y que tan sólo por eso merece la pena todo. Recibes tanto, con tan poco que das…
A Helen le di una manta que nos «llevamos» del avión, la suya está totalmente agujereada y vieja. Se puso como loca de felicidad y al verla con ese cuerpecito que casi no puede mover, bailar sentadita en su silla y dando palmas… Me abrazó y me dio mil besos ¡qué momento! Los niños reían al verla y ella no dejaba de cantar y de bailar ¿Cómo puede ser que con tan poco, alguien llegue a esa felicidad tan olvidada por todos nosotros? Una vez más en África todo vuelve a tener sentido. Tantos valores olvidados en nuestra maravillosa sociedad de consumo, nos hacen pensar que nuestro consumismo es la razón de nuestra propia insatisfacción. Por último le di el bolso que me pidió en mi anterior viaje y ¡como no! volvió a cantar, a bailar y a llorar de alegría. Jamás se me olvidará ese momento. Con el resto de los niños jugué a darles caramelos si adivinaban el número que escribía. Estaban ilusionados y muy contentos…
See you tomorrow! ¡Hasta manaña!
Me despido de ellos… Volveré al anochecer y regresará ese mágico momento con esos pequeños duendes…
Con cariño. María.

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