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Este mes he vivido una de las mejores experiencias de mi vida. Acabo de volver de mi primer viaje a África. He ido de la mano de “Miradas al Mundo”, junto con María y Noe (otra voluntaria como yo) y, aunque hace ya una semana que volví, no dejo de pensar cada día en lo que allí viví y la gente que dejé.
La experiencia ha sido extraordinaria, más allá de mis expectativas. He podido conocer la esencia de África en Guinea, una realidad que parece sólo de películas pero que existe, he visto la alegría y las ganas de vivir de quienes no tienen nada, la supervivencia en su máxima expresión, su capacidad de compartir lo poquísimo que hay, su ilusión por lo nuevo, su interés por aprender, su esperanza de salir adelante y he oído las peticiones de ayuda.

La experiencia es cruda pero gratificante y enriquecedora y, aunque no es para todos los públicos porque las condiciones son duras, me parece una gran escuela, y estoy segura que iré de nuevo, aunque sólo sea a recuperar el corazón que me han robado aquellos niños. 
Uno vuelve de ese continente un poco tocado y con el corazón compungido, pero lo cierto es que, a pesar de todo, África te atrapa.
Puede que haya sido la integridad humana de los guineanos, sin contagios todavía del mundo occidental lo que tanto me ha atraído, o su amabilidad y simpatía, o tal vez su saber convivir pacíficamente entre las 26 etnias de religiones diferentes que pueblan el país, o quizás la sensación de que el mundo se olvidó de ellos; o quién sabe, la alegría en las caras y las miradas de los niños al sonreirles, o a lo mejor, lo que me ha enganchado a ese país haya sido la experiencia de haber vivido en directo las primeras vacaciones fuera de su aldea de 2 niños de D´Embandje de 10 y 11 años, Bambe y Bocar. Vacaciones en la playa, donde nunca habían estado y que Miradas al Mundo les regaló por ser alumnos sobresalientes. Verían todo por primera vez, el mar y todo lo demás que se encontraron en los 250 o 300 km que recorrimos en coche hasta llegar a Varela en la costa, pasando por Bissao y São Domingos: la capital con muchos coches, tiendas y ruido, niños con patines, después un futbolín, una ducha, un váter con cisterna, los helados, las medusas, tortugas de mar, cangrejos, ordenadores educativos, un juego de dardos, nuevos amigos en Varela… En fin, una lista infinita porque tooooodo era nuevo y todo fueron capaces de absorberlo, asimilarlo y aprovecharlo al 100%, a veces con su inconsciencia y otras con sus precauciones, pero sabían disfrutar de cada momento y no dejaron que nada se fuera sin verlo, tocarlo y/o probarlo….

¡Que suerte tener cerca a dos chavales que son así, que regalazo haber convivido con ellos!

No quiero alargarlo porque no tengo freno y me pongo pesada, pero no quería terminar este relato sin mencionar y agradecer a quienes me han acompañado en este viaje:

– A mis dos compañeras de viaje porque sin su presencia, mi experiencia no hubiera sido tan enriquecedora. Gracias Noe por tu sosiego, compañerismo, tu buen carácter y medicina Zen, y gracias a tí María por tu humanidad, generosidad, tu fuerza y… ¡por todo!.
– A Djarga por tu lucha, tu integridad, nuestras pequeñas conversaciones nocturnas en Varela y tu lealtad hacia tí mismo y hacia “Miradas al Mundo”.
– A Bambe, Bocar y Bebe que me han proporcionado tantas risas, sonrisas, músicas y ratos felices.
– A todos los guineanos que me han rodeado y me han tratado con tanto cariño
– Y por supuesto a tí Susana, que me despertaste el interés por Miradas y por Guinea Bissau, y sin tí nada de esto me hubiera pasado.
María y Susana, en un trozo de este mundo, allí en África, habeis echado raíces, necesitan a Miradas y cuentan con vosotras para salir adelante. Mi más profundo agradecimiento por la labor que haceis y por no tirar la toalla a pesar de los malos ratos que os toca pasar.
Os deseo un buen camino lleno de fuerza, suerte y éxitos.

GRACIAS.

(al final que me he alargado…, ya lo sabía yo)

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